Como veneno viscoso, de Elisa Pardo Puch (Brillo) | por Gema Monlleó

Elisa Pardo Puch | Como veneno viscoso

“Y si lloviese tierra partida de pronto
los elefantes caerían despacio desde sus nidos
y se balancearían 
inconformes 
los caballos que tragan la sal de la salina”
Sombras de sal, Ana María Reyes  

En un momento en el que muchos libros parecen tener una dirección única (una dirección casi obligada: hola, lector, este es tu camino, no te salgas de él) es un placer encontrar obras que hacen de lo multifaz su centro especulativo. Esto es lo que sucede con Como veneno viscoso de la artista plástica Elisa Pardo Puch (Madrid, 1988), instalación pintada e impresa con, desde mi punto de vista, voluntad experimental. 

Libro dibujado en el que de lo que parecen raíces o ramas de un árbol (¿quizás un rosal?, puedo sentir las espinas) surgen preguntas e intenciones. Pardo juega con preguntas existenciales para meterse dentro de un mundo onírico que tal vez surge del agujero del árbol en el que cayó Alicia. Es en las profundidades donde se esconden “las puertas que no llevan a ningún sitio” y también “las que llevan a todos lados”, y es desde la experimentación, desde el ensayo-error, desde la ambigüedad subjetiva, desde donde estas se abren y cierran, desde donde se transita a su adentro, al corazón de unas tinieblas en las que el ojo de un (¿)dios(?) observa. 

La autora, que en algunas de sus obras juega con las perspectivas y las escalas, opta en este caso por lo que podría ser un gran hilo horizontal de naturaleza arbórea al que le brotan las palabras, como indicándonos que el preguntarse es consustancial a nuestra esencia común y que la corporeidad de un texto que apunta un camino es condición universal del ser vivo (sea mujer, sea árbol, sea brote). Desde las profundidades, desde el cosmos-tierra, en un marco de azules pintados a la manera de las pinturas en seda, el placer como origen se abre paso: “el placer de las sensaciones primigenias”, el placer de lo todavía no-expuesto, el placer de sentir el placer desde la inocencia, desde el primer ¡hola, mundo! cuando el mundo era entrevisto como un lugar ignoto y feliz.  

De geometría elástica, las líneas de Pardo en Como veneno viscoso no tienen aristas. De la letra al dibujo y del dibujo a la letra en un trayecto que subvierte el binarismo naturaleza-humano. Es desde la raíz-rama desde donde parte la duda y es desde la boca trans-sujeto desde donde un entramado multicolor (entramado de trama, de un tejer previo a la respuesta) se convierte en la baba viscosa que es en sí misma la respuesta. Una respuesta adherida a un vacío, una respuesta que transita las páginas sobre un blanco que tanto puede ser el dolor del mundo como un mundo de posibilidades, una respuesta que tanto puede ser tormento y condena cuando se afirma como “un veneno viscoso que se pega como baba, te envuelve y no te suelta” como membrana coriónica y protectora. Verdes y azules para el brotar de la duda inicial, el de la introspección primera, y fucsias y lilas en difuminación coloreada para el pegajoso saco amniótico en este libro-refugio, libro-cuento, libro-cofre-del-tesoro de las posibilidades. 

Libro sensorial, de contemplación y lectura porosa, que permite ser interrogado ofreciendo respuestas múltiples. Libro de narración heraclitiana, en el que sumergirse llegando cada vez a un lugar distinto. Cíclico y cosmótico, Como veneno viscoso invita al regreso, al deseo de la marca azul en la cara tras caer en el pozo de Tooru Okada (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami, 2001), a escribir(se) en esa baba-chicle proponiendo alternativas, a reseguir con los dedos esa caligrafía de apariencia moldeable a propia voluntad. Fábula expandida desde una extrañeza que nos resuena común, entrar en el mundo de Pardo es habitar una grieta inter-mundos, inter-realidades, inter-posibilidades y eso, hoy y ahora, es un lujo que no puedo más que agradecer. 


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